En Medellín, el sector educativo padece los rigores de la violencia urbana

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Las requisas de la Policía a la entrada del colegio alertaron a la comunidad, pues saben por experiencias vividas hace poco que lo anterior es síntoma de que algo no anda bien. De inmediato, decenas de padres de familia se comunicaron con las directivas de la institución educativa.

 

“¿Mataron a alguien? ¿Por qué hay tanto policía? ¿Qué pasó?”, fueron algunas de las muchas preguntas que la rectora escuchó al otro lado de la línea. Ella, consciente que la situación ameritaba mesura, se limitó a responder que se trataba de una “intervención pedagógica”.

 

Era mejor decir esto a revelar que 24 horas antes circuló un fuerte rumor entre los alumnos según el cual, integrantes de una de las bandas que busca controlar el barrio ingresarían a la Institución haciéndose pasar por estudiantes y ajusticiarían a un joven en la propia aula de clase. Para fortuna de las directivas, esa tarde no hubo consecuencias que lamentar.

 

Sin embargo, la tranquilidad les duraría poco ya que un día después se enteraron que, justo cuando salía de la Institución, un educador fue amenazado de muerte por varios jóvenes miembros de la banda que delinque en el sector. Curiosamente, los muchachos llevaban puesto el uniforme de la institución educativa.

 

El hecho ocurrió una tarde de mayo en uno de los 16 colegios de la comuna 6, noroccidente de Medellín. Allí, como en otros sectores de la capital antioqueña, directivas, docentes y estudiantes tienen que enfrentar situaciones como esta con más frecuencia de lo que cualquiera pensaría.

 

Educación en la mira

Las lógicas de la confrontación armada, que a la fecha deja un saldo trágico de más de 600 muertos y donde las bandas delincuenciales han recurrido a toda clase de estrategias como los controles a la movilidad, el empleo cada vez más común de fusiles y el desplazamiento forzado intraurbano como táctica de guerra, están generando mayores perjuicios en el sector educativo.

 

Para tener una idea de la complejidad de la situación, basta decir que el Comité de Amenazados de la Asociación de Institores de Antioquia (Adida), ha documentado a la fecha 35 amenazas directas contra docentes de la ciudad de Medellín. Las comunas 6, 13, 3 y 8 figuran como las más riesgosas para la labor docente.

 

Adicional a ello está el complejo tema de la deserción escolar por causas ligadas al conflicto armado. De acuerdo con Hernando de Jesús Posada, director del Núcleo Educativo 921 (Doce de Octubre), se estima que solamente en la comuna 6 unos 1.000 jóvenes, de una población de 32 mil estudiantes que habitan allí, están por fuera del sistema educativo.

 

“La parte baja de la comuna 6 tuvo un bajón significativo en la demanda de cupos escolares a principios de este año. Tuvimos que entregar 30 plazas docentes a la Secretaría de Educación. Desafortunadamente es muy difícil hacerle seguimiento a esta situación, porque muchos de nuestros ‘desertores’ no se atreven a decir las verdaderas razones por las que se van de la Institución. Otros no se han presentado a cancelar matrícula, simplemente no volvieron. Pero podemos hablar de 800 a 1.000 estudiantes que están por fuera de la escuela”, declara Posada.

 

Aquí, el problema no es de oferta ni de gestiones para reubicación. La dificultad es el miedo, sea real o infundado. “Tenemos oferta de cupos pero, por ese temor generalizado, los padres de familia prefieren no enviar sus hijos a un colegio que esté retirado de sus lugares de residencia”, agrega el Director de Núcleo.

 

Lo curioso de la situación es que los puestos que no están ocupando los jóvenes de Kennedy, Picacho, Doce de Octubre, Pedregal, entre otros, están sirviendo para atender a un número importante de estudiantes de la comuna 13, quienes están llegando como desplazados debido a los problemas de orden público que aquejan a ese sector de la ciudad.

 

Problemas de convivencia

Desde su llegada a la institución, en febrero de este año, Humberto* se propuso restaurar la maltrecha convivencia y recuperar el bueno nombre de ese colegio de la comuna 5. Para ello, ha recurrido a la estrategia que mejor domina: la pedagogía. Aunque dice que ya habido avances importantes, reconoce que debe redoblar esfuerzos y no bajar la guardia pues los conflictos por indisciplina al interior de la institución así se lo demandan. 

 

“Tenemos que enfrentarnos a situaciones como estas: hay estudiantes que son señalados de pertenecer a una de las bandas del sector y ellos, ya sea que pertenezcan o no, atemorizan a sus compañeros, intentan imponer límites territoriales. Dicen que ellos venden droga en el colegio, que portan armas y que mueven dinero. Los docentes prefieren no confrontarlos. Nosotros, los directivos, tenemos que recurrir a la pedagogía para mantener la convivencia, pero a veces no es suficiente”, expresa el coordinador con tono de angustia.

 

Sus preocupaciones derivan del hecho concreto de que el colegio se encuentra cercado por tres peligrosas organizaciones criminales: los “mondongueros”, los “buchepajaros” y los “machachos”, quienes se disputan entre sí el control del territorio, situación que influye notoriamente en el desarrollo de las actividades académicas.

 

“En ocasiones, esos conflictos de la calle se quieren trasladar al interior del colegio. Eso se evidencia cuando le prohíben a estudiantes de otros barrios venir a estudiar, simplemente por eso, porque son de otro barrio”, añade.

 

Por esta razón, 52 alumnos del barrio Doce de Octubre dejaron de asistir. En honor a la verdad, Humberto dice que sólo tres fueron amenazados directamente, pero el miedo es como una bola de nieve que crece a medida que recorre más distancia. “Cuando se enteraron los padres de familia de la situación sintieron mucho miedo y por ese no volvieron a mandar al resto de estudiantes”.

 

En toda la ciudad

La dirección de Derechos Humanos de Adida registra que instituciones educativas de por lo menos 10 de las 16 comunas presentan dificultades derivadas del conflicto armado que azota a los barrios. De acuerdo con Olga Fanny Ruíz, coordinadora de esta dependencia, hay casos críticos, como la comuna 1, donde todas las instituciones del sector evidencian serias dificultades de convivencia.

 

“Son problemas de venta y consumo de drogas al interior de los colegios, de presencia de integrantes de los llamados grupos armados que imponen límites, que vacunan a los más jovencitos o que tienen toda una red para robar artículos al interior de la institución. En ocasiones son estudiantes que pertenecen a los grupos los que resultan involucrados en estas situaciones”, señala Ruíz.

 

En otros casos, las dificultades que aquejan al sector educativo provienen de una extraña mezcla de factores externos con situaciones internas que, en algunos casos, está alcanzado dimensiones preocupantes.

 

Por los menos así lo están viviendo en una institución educativa del barrio Campo Valdes, nororiente de la cuidad. Allí, las directivas descubrieron una red conformada por estudiantes ligados a los grupos del sector dedicada a los robos al interior de la institución. Hace poco más de un mes fueron hurtados de allí nueve computadores portátiles y las sospechas recaen sobre varios alumnos de los últimos grados.

 

“Los alumnos saben que su sola presencia atemoriza y los profesores prefieren evitarlos. Nuestra labor no es denunciar, es educar. Pero bajo esas circunstancias, es muy difícil”, señala la coordinadora de convivencia de esta institución.

 

Frente a esto, hay quienes ya sienten preocupación por la calidad de la educación que se imparte en la ciudad. “Nosotros hemos tenido que suspender los ciclos educativos para dedicarnos más a procesos formativos y de convivencia. El conflicto nos obligó a eso. Cuando lleguen las pruebas del Estado, se va a notar el bajón en los resultados académicos, pero es que lo otro también es importante”, manifiesta el Director del Núcleo Educativo Doce de Octubre.

 

¿Cómo se estudia?

El clima de violencia en los barrios, sumado a la crisis social del país, está generando un creciente desencanto por el estuido entre los más jóvenes.
“La semana pasada, como a eso del mediodía mataron un pelado cerca al colegio. Al mucho rato llegó uno de los “muchachos” de la cuadra y le dijo al portero: dígale a los profes que es mejor que manden temprano a los estudiantes para la casa, porque esto se va a prender”, relata una estudiante de grado 11º de un colegio del barrio Robledo, comuna 7 de la ciudad. 

 

El vigilante no lo pensó dos veces y transmitió el mensaje a sus superiores. En efecto, ese día los estudiantes, en su totalidad de básica primaria, terminaron su jornada escolar a las 4:00 de la tarde, una hora antes de lo habitual. En efecto, en horas de la tarde hubo un fuerte enfrentamiento armado entre bandas criminales en inmediaciones de la institución educativa.

 

Para la estudiante, eventos de esta naturaleza dejaron de ser algo excepcional en su institución educativa. Desde mediados del año pasado, cuando se agudizó el conflicto en ese sector de la ciudad, tuvo que acostumbrarse a que los bandas del barrio rodearan las inmediaciones del colegio, identificaran a los estudiantes de barrios considerados “enemigos” y les impusieran una dura sentencia: “por aquí no podés volver a pasar”.

 

“El año pasado varios compañeros míos no pudieron volver al colegio. Ellos eran de (barrio) Kennedy. Este año no me he dado cuenta de que eso este pasando. En parte porque los “muchachos” ya identifican a los estudiantes. ¡Claro!, todos los días que uno pasa los ve ahí, en los mismos lugares. Yo soy una que siempre utilizo la misma ruta, para que me distingan y no me pase nada”, narra la joven.

 

“Por mi barrio también pasa lo mismo. Hay como cinco pelados que los traen y se los llevan escoltados con la Policía”, añade Laura*, habitante del barrio Picachito y quien actualmente cursa 11º en un colegio del sector. Cuando medita en la situación, sólo se atreve a exclamar “¡quién estudia con semejante estrés!”.

 

A esto se suma que el dinero ilegal que está circulando a manos llenas en su barrio, paradójicamente con indicadores de calidad de vida muy deficientes, está seduciendo a muchos de sus compañeros de clase, quienes no ven el estudio una opción de vida. 

 

“Yo tengo muchos compañeros que dicen que estudian porque les toca. Lo que ellos quieren es ser unos ‘traquetos’ y lo dicen a boca llena. Y claro, como a esos muchachos les pagan para que cuiden el barrio, para que hagan vueltas, no falta quien quiera estar ahí metido”, comenta Laura.

 

Ante  este panorama, queda la pregunta de si el conflicto urbano truncará el proyecto de convertir a Medellín en la ciudad más educada del país. Ojalá que no.

 

*Los nombres de las fuentes y de las instituciones educativas fueron omitidos o cambiados por solicitud expresa de las mismas

 

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