De la desesperanza a la esperanza

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Foto Reuters

Editorial por: José Girón Sierra

No obstante la afirmación de los equipos negociadores de que “nada está acordado mientras todo no esté acordado”, el acuerdo inicial sobre el primer punto objeto de negociación se constituye no sólo en un hecho histórico sino en la  superación de un punto, sino el más importante, de la agenda acordada en la primera fase de este proceso. Por ello, existen motivos suficientes para que de la incertidumbre, la desconfianza  y la incredulidad, hoy empiece a tener cabida con mayores razones el ingreso a un terreno de certezas y a un campo de confianza y credibilidad. La razón es apenas elemental: se está tocando el corazón del origen del conflicto.

Si  bien no se conoce con precisión la naturaleza de lo acordado, se evidencia desde sus titulares que se ha llegado a un acuerdo que se desenvuelve  en  un enfoque integral de intervención sobre el problema agrario. Acuerdo en torno a la democratización de la posesión  de la tierra, la creación de una jurisdicción agraria que proteja los derechos de posesión, la aceptación de las zonas de reserva campesina como instrumento viable al desarrollo de la  agricultura y la protección del medio ambiente y la llegada al campo de los derechos económicos, sociales y culturales como la educación, la salud y la vivienda, son los iconos del giro radical que se propone. No se  trata pues de sólo entrega de tierras, es un marco de intervención que busca ante todo dignificar a los hombres y mujeres del campo que por decenas de años han sufrido  no sólo los rigores de la exclusión social sino de un conflicto armado que ha tenido como efectos la victimización en extremo y la desposesión violenta de sus habitantes.

Obviamente aún falta mucho por recorrer pues del dicho al hecho, como se dice popularmente, hay mucho trecho. Pero hay motivos suficientes para que renazca la esperanza, no obstante la férrea oposición de quienes no han renunciado a la guerra y ven en este proceso una amenaza real a un modelo de sociedad apuntalada en privilegios para una élite que los ha defendido a sangre y fuego. Como bien lo señalara el vocero del gobierno, la sociedad colombiana se encuentra ante la posibilidad real de adentrase a otro modelo de sociedad que tenga como escenario de resolución de sus conflictos la democracia, que imagine también, el desarrollo de las potencialidades del  campo de cara  a un mundo cada vez más escaso en alimentos, biodiversidad y recursos naturales.  La oportunidad es inmensa.

Este primer paso también incorpora un hecho de mucha importancia: cada avance positivo en la dirección de los acuerdos, crea un obstáculo a la posibilidad de una reversa o a la posibilidad de levantarse de la mesa, pues quienes estuvieron en la ilegalidad se adentran en un terreno inédito para ellos: la legalidad y el reconocimiento de un estado que esperaban destruir, y la institucionalidad con el gobierno a la cabeza  se coloca de cara a repensarse e inclusive a reconsiderar su democracia y modelo económico, así  exprese que esto no está  en discusión. Para los negociadores y para la sociedad que desea la paz, pero no cree según lo indican encuestas recientes, es un momento que  presiona a la tan necesaria confianza y vislumbra un escenario que propicie la reconciliación.  La cicatrización de tantas heridas causadas, lo que al fin de cuentas es la reconciliación en sí misma, no advendrá sino hay hechos que, como experiencia individual y colectiva, dispongan las voluntades a aceptar las consecuencias de un imponderable como la justicia transicional.

En una coyuntura  en la cual se asiste a una guerra que no deja de victimizar, una guerra en la cual siguen cayendo jóvenes que desde la tropa legal o el bloque guerrillero combaten por ideales propios o ajenos, se llega a un acuerdo como el descrito lo cual no deja de sorprender. Pero así somos, por ello ese tránsito de la desesperanza hacia la esperanza pueda ser la primera consecuencia de este paso histórico y necesario, al hecho del cual debamos aferrarnos quienes no nos acostumbramos a la guerra porque nos duelen unos y otros, así algunos medios que manipulan la opinión ciudadana hagan tratamientos de manera diferenciada: unos son asesinados, los otros son dados de baja, para los primeros hay un despliegue inusitado de información mientras los otros son unos innominados. La esperanza se abre pues camino en un escenario aún adverso así como la posibilidad de soñar un país distinto en donde hombres y mujeres puedan dormir sin miedo.

 

 

José Girón Sierra

 

Socio del Instituto Popular de Capacitacion

 

Analista de Paz del Observatorio de Derechos Humanos del IPC

 

 

 

Mayo 26 de 2013

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Periodista orgullosamente egresado de la Universidad de Antioquia. Coordinador de la Agencia de Prensa IPC desde el año 2012. Trabajando por esa Colombia excluida y vulnerada, por aquellos que no son escuchados y por la anhelada paz. Aficionado a la literatura, a las huertas y a las buenas películas.

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