El Centro Democrático, un peligro para la democracia

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Por Alexander Reina Otero, Magister en Estudios Políticos (columnista invitado)

La movilización del Centro Democrático el pasado primero de abril, independiente de su nivel de convocatoria, debe poner en alerta a todos los demócratas. Los dirigentes de esta colectividad parecen ir conscientemente en la dirección contraria a la reconciliación de un país que durante cinco décadas se sumió en un periodo de violencia, que dejó un poco menos de 8 millones 400 mil víctimas, según el Registro Único de Victimas.

La gravedad del asunto no es la movilización de sus bases, en tanto ésta es un derecho consagrado en la Constitución Nacional, el peligro radica en apostarle a un escenario de ruptura cultural contrario a los mínimos criterios de una democracia sana, como son el reconocimiento a la diversidad política e ideológica, la libertad de expresión, la libertad de prensa y el derecho a la paz.

Las actitudes agresivas de los manifestantes reflejan una rabia y un odio incubado a través de los reiterados discursos de sus máximos dirigentes, que de forma hábil han apelado a imaginarios y mentalidades que exacerban el odio al diferente y la negativa de su existencia. Imaginarios como el odio a las FARC, el anticomunismo, el anticastrismo, el antichavismo y la homofobia, hacen parte de una cultura política que nos envolvió en la violencia que ellos se niegan a dar por terminada, en donde el insulto, el odio y el accionar violento se hacen coherentes.

Chantal Mouffe ha reivindicado el conflicto dentro de la democracia en tanto es el alma de la misma, y reitera que dicho enfrentamiento se requiere para que el ciudadano de a pie pueda optar con mayor claridad sobre las diversas ofertas que se hacen presentes dentro de la democracia. De ahí que rechace la tendencia a señalar el conflicto como negativo y la consecuencia natural de señalar al contrario como enemigo. Ella le reivindica como adversario, siempre y cuando este se mantenga dentro del respeto por la democracia. Caso contrario sucede con aquellos que de forma velada desean romper los principios de la misma y le apuestan al regreso de las prácticas autoritarias que no conducen sino a la violencia en todas sus expresiones.

Ese es el peligro que representan los dirigentes del Centro Democrático. Reactivar los cimientos de una cultura política que hizo estallar en mil pedazos este país es jugar con fuego, después de que conocimos el infierno.

Paradójicamente, todo esto sucede en un contexto político en donde todas las expresiones partidarias se muestran cansadas con la corrupción. Inconformismo que más que alinear a la ciudadanía entre corruptos y no corruptos, y partir las aguas entre las fuerzas políticas, lo que sirve es de combustible para reactivar, a través del odio a la clase política, a todo aquel que se encuentre dentro de la matriz discursiva antidemocrática esbozada por las fuerzas de extrema derecha.

Mientras Uribe y su séquito se reagrupan y se lavan sus llagas con este discurso recalcitrante, la izquierda y las fuerzas de centro juegan al cálculo estadístico de las encuestas para probar quien logra superar la segunda vuelta.

Olvidan que lo que está en juego es la viabilidad de una cultura política que apenas está emergiendo producto de los desarrollos de nuestra joven Constitución de 1991.

Alexandar Reina

alreina@hotmail.com

1 Comentario

  1. Sin ninguna duda. Ese odio se hizo claro y quedó bien registrado en las maneras (orales, gestuales) como trataron y amenazaron a Samper y a Vlado, que participaban de la marcha, igual que los otros, contra la corrupción, solo que mostrando la otra cara de la arepa. Sus maneras, gritos e insultos, ante la pareja diferente de participantes no hicieron más que evidenciar algunas características de lo que están cocinando. Ya olemos algo que es más emocional que racional, muy fundamentado en creerle al líder antes que a reflexionar, y respaldado en el uso de la fuerza (“le rompo la cara marica”). En otras palabras propenso a graves desmanes (otra vez).

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