Por: Jorge Salazar y Martha Colorado

Nos preguntamos cuántas personas en Colombia sienten este despertar de la esperanza, estos deseos de pensar y hacer por lo colectivo, de lo cual hay una muestra en el relato de Jorge Rojas en su Bitácora de Campaña (de Petro) No 8 sobre un campesino llamado Julio Ortiz:

“Don Julio se secó unas lágrimas que no pudo ocultar y retomó su discurso, pero sólo le alcanzó la emoción para decir “perdone usted, yo solo quiero decir que yo creía que me iba a morir sin ver un cambio en Colombia, pero si Dios me da vida, voy a alcanzar a ver un presidente de nosotros”. La gente aplaudió y don Julio regresó a su asiento sintiendo el cuerpo más liviano después de su confesión pública. Era una emoción contenida, era pura esperanza…”. Ese sentimiento que expresa don Julio y que también nos embarga a muchos parece recorrer las plazas públicas y las redes sociales en un despertar de la capacidad creativa y la esperanza que hace tiempo no tenía precedentes en nuestro país.

Mientras tanto se escuchan voces que hablan desde el miedo, o que promueven tener mucha cautela, nos advierten sobre el peligro de soñar en grande, de ser ambiciosos, de atrevernos a tener una visión de país distinto y de soñar en lo que Colombia se podría transformar. Dicen que todavía no hay condiciones para ese cambio, que la oligarquía crónicamente violenta de Colombia no lo va a permitir; que los cambios tienen que ser despacito, que no se noten tanto; que no amenacen o duelan a nadie. Desde tiempos de los que no tenemos memoria hemos estado acostumbrados a oír este tipo de advertencia. Estas advertencias suenan similares a los discursos que les decían a las mujeres que había que hacer primero los cambios sociales y estructurales para poder cambiar las relaciones entre los sexos y de género; otros hablando de los cambios culturales y de la subjetividad dicen que hay que cambiar por dentro para después cambiar afuera.

Lo cierto es que la experiencia nos ha mostrado que los cambios se van dando al unísono en un constante fluir y devenir de lo social, lo cultural, lo personal, del adentro con el afuera, de la conciencia y la experiencia, de la teoría con la práctica. Que no hay que esperar a que una cosa suceda primero para luego impulsar la otra. La realidad y la historia nos muestran también que no hay que esperar para que todas las condiciones estén dadas pues la realidad y las sociedades son más complejas de lo que se teoriza sobre ellas; que la historia no avanza ordenadamente y conforme a los planes, programas o proyectos de las mentes humanas. Y lo cierto es que hay oportunidades y caminos que en la vida se presentan y es ahí en ese momento cuando hay que seguirlos.

En Colombia, es una verdad generalizada, hay problemas crónicos como la injusticia, la impunidad y la corrupción; muchos compartimos que hay que cambiar el rumbo, y que no es con analgésicos como se va a lograr este cambio; el cambio no vendrá de quienes han estado siempre en el poder; tampoco lo van a lograr quienes quieren poner freno o quienes les da miedo impulsarlo. Para ello se requiere cierta valentía y atrevimiento.

Nos dicen que el programa de gobierno y la visión de país propuesta por Petro son demasiado ambiciosos o inalcanzables. Pero nosotros creemos que las propuestas de este candidato son un camino que se delinea para encauzar a Colombia por una ruta distinta. Y ese camino hay que empezar a caminarlo desde ya. Es un programa de tipo socialdemócrata y realizable si se redefine la redistribución de recursos estatales; si se desbaratan las cadenas que alimentan la corrupción de los recursos nacionales, regionales y locales; y si se impulsan campañas para lograr la responsabilidad social de los empresarios, y su compromiso con el futuro del país.

Es indudable que este despertar de la esperanza y ese no seguir callando, debido al miedo, es algo que podemos agradecer y ha sido posibilitado por el proceso de negociación con las Farc desarrollado en los últimos años. La derecha ha reaccionado con escozor cuestionando por todos los medios esos acuerdos para justificar continuar con sus propuestas guerreristas. Se ha notado como la implementación de los acuerdos de paz le quita oxígeno político a la derecha y coloca el eje de la discusión en temas sociales, económicos, educativos, que cuestionan el acaparamiento de las tierras, el extractivismo, la paz, la justicia, el derecho a la salud, la educación, la defensa del medio ambiente y la lucha contra la corrupción.

Por eso no resulta extraño el interés de la derecha de torpedear el proceso de implementación de los acuerdos de paz con las FARC. Es en ese contexto en el que hay que analizar lo que ha pasado con la detención y acusación a Jesus Santrich en época pre-electoral, y cuando los acuerdos de paz apenas empiezan a implementarse con mucha dificultad. Lo mismo sucede con las publicitadas e inquietantes amenazas de atentados a diversos candidatos. Es que es evidente que la derecha quiere generar una coyuntura crítica en época preelectoral, en relación a los acuerdos de paz, y quiere demeritar y quitar sustento a la viabilidad de las propuestas de Petro.

La campaña de Petro le ha propuesto al país una serie de cambios necesarios y fundamentales que antes no eran pensables en la Colombia del conflicto armado, en la Colombia enconchada por el miedo encarnado en el cuerpo y la mente debido a una guerra de 60 años; tanta acogida ha tenido estas propuestas que ellas han colocado los ejes del debate incluso para otros candidatos quienes ahora empiezan a introducir en sus discursos estos temas, e incluso algunos a copiarlas demagógicamente.

Petro nos ha colocado de cara a pensar problemas no solo referentes a la paz, la justicia, los derechos humanos, la necesidad de una educación gratuita para los pobres, sino también a pensar en una economía que se empiece a deslindar del extractivismo y de cara a problemas globales como son el cuidado del medio ambiente, el cambio climático. Nos plantea una economía basada en los avances del conocimiento; en el desarrollo agroindustrial y recuperar el agro con base a prácticas sostenibles, para que no sigamos importando productos agrícolas manipulados genéticamente cuando de sobra en Colombia se pueden producir de una manera orgánica y sostenible.  Estas propuestas y discursos son generalizados en diversos movimientos sociales en el mundo actual porque ahí están las claves para salir de la crisis del sistema y porque hacen parte de los nuevos paradigmas del momento.

Obviamente esos cambios no se van a lograr de un día para otro. Van a requerir la construcción de alianzas más amplias y de varios gobiernos. Pero hay que empezar ya para recuperar la esperanza, para desatar lo mejor de esta sociedad que muchos ya consideran fallida.

Este es el momento para darle a Colombia el giro necesario y para ello hay que sostener la esperanza, aunar muchos esfuerzos, impulsar la unidad de quienes creemos y queremos la paz, y sobre todo hay que sobreponerse al miedo, el escepticismo, creer y confiar en que un cambio es posible cuando muchos claman por ello y cuando se fortalecen los lazos de afecto, el respeto a la diferencia. Con solidaridad y con la confianza en que Colombia puede ser un país mejor, lo vamos a lograr.


 * Las ideas aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de los autores y en nada comprometen al Instituto Popular de Capacitación (IPC)

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