Es difícil mi trabajo. Esta ciudad cada día inventa un nuevo tema para que yo no pueda describirlo. Las bandas criminales (mismas a las que mi papá y mi abuelo les decían antisociales, cacos, apaches o simplemente ladrones) intentan reducir cada vez más la edad de sus trabajadores para hacerme caer en la tentación de decirles “niños sicarios”. Puede que lo sean dado el hecho de que levanten armas contra otras personas, pero en el fondo sabemos que si son niños no pueden ser sicarios y si son sicarios no podrán ser niños. Lo mío no es la profundidad, a mí me gusta poder decir las cosas escuetamente y como a la gente le gusta que se la digan.

El otro día estaba colgada en el semáforo de la avenida 80 en Belén. Anunciaba la captura de un pillo que he mencionado mucho últimamente. De repente vi a un motociclista que se detuvo al lado de la luz roja. Me echó una mirada para luego abrir con desmesura sus ojos. Se aproximó a mi titular sin bajarse del vehículo y, sin cuidarse de quien pudiera escucharlo, dijo a viva voz: “Uyyy, cogieron al cucho”. La cara de consternación de aquel pobre hombre me causó escozor. Quise saber si le conocía, si lo había nombrado alguna vez en mis páginas y en efecto lo encontré. Aunque el casco no dejaba ver su rostro completamente supe que se trataba de Candado, un ladronzuelo del Centro que ha sido capturado en muchas ocasiones. En mi diario del 2 de marzo de 2017, en la página 3, está de cuerpo entero, al lado de un policía; posa con sus manos sujetas a las esposas y proyectadas hacia adelante como en actitud de quien reza.

Cada vez me sorprende más el parecido de todos estos pillos que insisten en llamarse “cuchos”, a pesar de su corta edad. Día a día es más difícil diferenciarlos. Repasando mis cientos de páginas desde el momento en que nací hasta hoy, que voy llegando a los 11 años, me doy cuenta de que si junto todos aquellos rostros, me queda una sola cara extraña. Algo renegrida y cetrina, es verdad, pero en la que se reconocen los ojos pequeños y rasgados, la nariz chata, frente angosta, pelo al rapé, mentón bajo, labios finos y oscuros, cejas escazas: es el mismo sicario de siempre. El que muestro en fotografías del fletero, o cuando lo anuncio como violador, jefe de banda o extorsionista, pero recuérdese que muchas veces también lo he mostrado tras las rejas de la estación de policía o en medio de una presentación a los medios después de una captura oficial.

Reconozco que mis páginas de publicidad son las más aburridas, pero es necesario un descanso para crear la tensión en la lectura que desea el lector. Él sabe que al final, en la contratapa, será recompensado con otro titular y otra imagen atractiva. Hasta hace unos años, mi tío abuelo llamado El Espacio, mostraba a una rubia imponente, con sus senos siempre enormes al viento y a la vista de millones de lectores que se masturbaban o persignaban con igual ímpetu. Eso ya pasó de moda, ahora lo que llaman redes sociales e Internet lo copan todo. Hoy en día la pornografía parece no gustar del papel impreso.

Con el tiempo conozco cada vez mejor a esta ciudad. Sus barrios del costado noroccidental y nororiental son mis preferidos, aunque he de reconocer que en el Centro me siento a mis anchas. Allí la vida y la muerte se suceden en una marcha tan acompasada que los expertos en el crimen dicen que cinco o seis esquinas –de las 39.000 que tiene Medellín– son las que producen la mayor cantidad de muertes y que sería tanto como vigilarlas con sigilo todos los días para producir “resultados positivos” frente a la criminalidad.

Un hecho muy simpático de estos oficios noticiosos en los terrenos de la crónica roja son las palabras que debo utilizar. Es posible que con unas doscientas palabras me baste para “cubrir” y narrar todas las noticias. He perdido la cuenta de las veces en las que escribo en mis páginas las palabras: investigación exhaustiva, captura, combos delincuenciales, enfrentamiento armado, homicidio, atraco, fleteros, extorsión, drogas ilegales, fronteras invisibles; pero también otras un poco más truculentas que me sirven para darle sabor a las noticias, como machetazo, riña, balacera, olla, calentura, pillo, traqueto.

Soy consciente de que ese lenguaje que utilizo crea unas representaciones muy precisas de la realidad, por más que esté dispuesta a aceptar que la realidad es demasiado compleja y elusiva como para poder dar cuenta de ella. Al fin y al cabo, mi oficio es un negocio en el que laboran cientos de personas, y si la manera de narrar lo que pasa ayuda a venderme mejor vale la pena el riesgo de ser un poco ligera o imprecisa.

No puedo despertarme sin anotar lo más importante. En buena medida el lenguaje que empleo ayuda a que el lector crea que los delincuentes siempre están haciendo sus fechorías en otra parte, en la acera de en frente y que nosotros la gente de bien no tiene nada que ver con esa gentuza. Solo nos queda el miedo y que la policía “actúe”.

* Las ideas aquí expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y en nada comprometen al Instituto Popular de Capacitación (IPC).

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