La distorsión moral en la política colombiana

Artículo de opinión elaborado por Diego Herrera Duque, educador y analista del IPC.

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Foto: semanariovoz.com

Muchos sectores de la política colombiana, en particular del espectro del centro político y de la ultraderecha, han apelado al sustrato moral para pronunciarse y calificar asuntos de carácter público y político. Es una perspectiva riesgosa para el debate político por cuanto se anticipa la valoración moral a los juicios en derecho que debe tener la justicia. Además, dicha perspectiva es usada con distintos propósitos políticos según quien la hace manifiesta.

Hace poco la bancada del partido Verde en la plenaria de la cámara de representantes hizo manifiesto su rechazo frente al ingreso de Seuxis Hernández Solarte (“Jesús Santrich”) al recinto con letreros que decían “Defendemos la Paz. No a Santrich”. Desde su presumida estatura y superioridad moral, y anteponiéndose al Estado de derecho, al debido proceso, al papel de las cortes y la JEP, emplazaron un juicio moral antes de que terminara un juicio en derecho contra el integrante del nuevo partido FARC al asumir su curul, ganada precisamente en el marco de un acuerdo de paz cuya base es hacer política sin armas y con apego a los instrumentos pactados en los marcos de la justicia. Además, es claro que el exguerrillero deberá responder y aclarar ante la justicia colombiana por lo que se le acusa.

Tal comportamiento nos recuerda que muchos dirigentes de la colectividad verde, no todos valga decir, tienen trayectoria en estas lides de calificar y valorar moralmente en la práctica política aquello que no los identifica. En la contienda electoral presidencial de segunda vuelta de 2018, fue claro el llamado a votar en blanco por algunos de ellos, cuando lo que se jugaba era precisamente la implementación del acuerdo de paz. Quizá hablar de izquierda, de transición, de polarización y de cambios políticos, les parecía algo demasiado extremo, y en esa dirección, la línea del centro radical era la correcta. A la paz como derecho, y la posibilidad de una transición civilista en Colombia, quedó faltándole poco porque le faltaron aliados electorales. En este escenario, el centro político termina siendo funcional a la ultraderecha del país.

En aquel momento, pudo movilizar políticamente más la incoherencia del centro, y la mentira y el odio de las derechas del país, y hoy tenemos un gobierno y un partido de ultraderecha, el Centro Democrático, haciendo todo por enterrar el proceso de paz y volver a la guerra como su cancha de juego preferida. Ahí es donde mejor se mueven, pues al final los muertos los ponen los otros que quedan atrapados bajo la distorsión moral y el engaño. En su caso, se hace evidente el carácter distorsionado para fortalecer su estrategia política e impedir que avancen las reformas que implican la transformación del campo, la apertura política y la justicia transicional que trae el acuerdo de paz. Es claro que hay que diferenciar las posturas de ambas colectividades frente a los objetivos estratégicos que buscan.

El primero, encubrir a sus propios investigados, que no son pocos, incluido su líder AUV, quien tiene más de 180 denuncias abiertas en la Comisión de Acusaciones y 28 investigaciones en su contra en la Sala Penal de la Corte, y quien defendió a varios de sus «buenos muchachos» mientras fue presidente, algunos de ellos en la cárcel o prófugos de la justicia por distintos delitos.

Segundo, el intento por debilitar la justicia y controlarla a través del ejecutivo, acabar con la JEP y de paso proteger a sus investigados por delitos, socavando el sistema de pesos y contrapesos, además de abrir la posibilidad de un tercer mandato del presidente eterno, y llevarnos al abismo con una constituyente.

Tercero, encubrir lo ganado en la guerra, pues a quienes más favorece destruir la paz es a los hombres de negocios de la muerte, de las economías criminales, de consumir los recursos públicos del Estado para intereses particulares y de conservar privilegios a los guerreros. Ahí esta parte de la cólera contra cualquiera de los mecanismos del sistema integral que busquen la verdad y la justicia.

Estas manifestaciones morales públicas, además de ser prepotentes y engañosas, son peligrosas para cualquier intento de transición democrática, porque se basan en la mentira, el señalamiento y la negación de las reglas y propósitos que implica un acuerdo de paz y la vigencia del Estado de derecho, para reemplazarlo por juicios morales anticipados al derecho y darle juego al Estado de opinión.

Dentro de esta narrativa moral, necesitan tener enemigos. Una insurgencia armada es fundamental a sus propósitos políticos, a sus aspiraciones de mantenerse en el poder y lograr la bendición y apoyo de aliados fuera del país. No han superado los tiempos de guerra fría y siguen asumiendo y combinando los repertorios de la estrategia de «guerras por delegación» y la concepción de “inseguridad controlada” con su estrategia contrainsurgente, tan propias de los años 70 y 80, para controlar el desorden que pueda generarse en un país en transición. Los enemigos son aquellos que no comulgan con su credo ultraconservador, que estén fuera de su órbita de control, que sean y piensen distinto. El enemigo es el pluralismo que implica la democratización de la sociedad y de la riqueza.

Por eso desde el plebiscito hasta las elecciones presidenciales, y hoy desde el  ejercicio de gobierno, el discurso de odio, resentimiento y guerrerista, cimentado en la mentira y actitud de perro cerbero de la mitología griega[1], el Centro Democrático no permite la transición democrática en el país, va cruzando la frontera ética que nos empuja a la destrucción de los acuerdos de paz, la institucionalidad del Estado y el proyecto compartido de sociedad.

Podemos pasar de ser un ejemplo en la historia de los procesos de paz, el último en América Latina, que resuelve sus conflictos armados por la vía dialogada y negociada, o ser los parias que todo mundo mira con sospecha por su vocación violenta, moral retorcida y falta de pacto ético y colectivo.


[1]En la mitología griega era el perro de Hades, un monstruo de tres cabezas en la tradición más común o de cincuenta cabezas, según Hesíodo, con una serpiente en lugar de cola. Cerbero guardaba la puerta del reino de Hades (el inframundo griego) y aseguraba que los muertos no salieran y que los vivos no pudieran entrar.

* Las ideas aquí expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y en nada comprometen al Instituto Popular de Capacitación (IPC).

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