Los ex guerrilleros que aprenden a escribir en San José de Apartadó

El 13 de julio se graduaron de primaria 33 ex guerrilleros de las Farc en San José de Apartadó, una zona con escuelas sin electricidad, computadores inutilizados, vías de acceso pésimas y la amenaza de la guerra con las Autodefensas Gaitanistas de Colombia. Crónica de esperanza y de desesperanza.

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Ex guerrilleros y campesinos reunidos en la escuela de la vereda Arenas Altas. Foto: Instituto Popular de Capacitación (IPC).

Dentro de la casa de madera se escuchaban dos voces. Era de noche y la luz se fugaba por entre las tablas.

-Cuatro por una, cuatro –dijo él-. Cuatro por dos, ocho. Apréndaselas así.  Mire que yo aprendí.

-Cuatro por tres, doce.

-Cuatro por cuatro… dieciséis. Cuatro por cinco, veinte.

Él continuó hasta multiplicar cuatro por diez.

-¡Cuarenta!

Entonces lo escuché sonreír, lo escuché besar a su esposa. Y en unos minutos, antes de las diez de la noche, la luz estaba apagada. Todos dormían, menos el bosque.

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Dorbey Góez Úsuga hace operaciones matemáticas. Foto: Instituto Popular de Capacitación (IPC).

La mañana de un sábado de agosto fue el primer día de clase. El profesor José Manuel Perea, un negro fornido y atlético, les contó a sus estudiantes cuáles eran las reglas. Los sábados estudiarían entre las ocho y la una de la tarde, pero debían ir pensando en comprar unos pollos, para tener qué comer cada vez que fueran a estudiar. A los que ya sabían leer y escribir les encargó una tarea: para el siguiente sábado les preguntaría la tabla del ocho.

Dorbey practicaría esa noche la tabla del cuatro con su esposa. Y la del ocho no sería tan fácil. Pero bueno, le quedaba una semana para memorizarla en la chocolera, o en el caballo, cuando fuera a jugar fútbol, o en el estanque, cuando les arrojara comida a las tilapias.

Ocho por una, ocho. Ocho por dos…

El profesor José Manuel separó a Dorbey de su esposa. A ella la dejó en el grupo de los que empezarían a aprender a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir. Dorbey, por su parte, estaría entre “los más grandes”, el de los que se habían graduado unas semanas atrás de primaria. El 13 de julio, 33 ex guerrilleros de las Farc recibieron sus diplomas en el colegio de San José de Apartadó, un corregimiento de Apartadó, en el Urabá antioqueño, en donde nació el quinto frente de las Farc y en donde hoy viven unas diez mil personas.

Su diploma dice Dorbey Góez Úsuga. Sus amigos lo llaman El Viejo, pero solo tiene 35 años.

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Horacio Celada intenta escribir su nombre. Foto: Instituto Popular de Capacitación (IPC).

La petición fue más o menos así: queremos estudiar en las escuelas de las veredas. Cada semana, los ex guerrilleros bajaban desde sus casas en el campo hasta el colegio de San José de Apartadó. Decir cerca era andar mínimo tres horas sobre un caballo, por caminos que no son caminos, por rutas llenas de marcas de pasos y herraduras, de huellas llenas de agua, de pantano en todas partes, porque llueve siempre. Y solo desde agosto, el día en el que el profesor José Manuel Perea dio su primera clase, es que los antes guerrilleros estudiaron cerca de sus casas. Dorbey y su esposa solo caminaron diez minutos.

A la anterior le sumaron otra petición: que en las escuelas también estudiaran los demás campesinos, los que no fueron guerrilleros. Que si los que fueron guerreros tenían el privilegio de aprender, ellos, que también vivieron en esos montes, tenían el mismo merecimiento. Entonces así fue, en la escuela de la vereda Arenas Altas, a tres horas de San José de Apartadó, veinte personas estrenaron sus cuadernos, ocho ex guerrilleros y doce campesinos. Algunos de ellos, fueron por primera vez a la escuela.

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Panorámica desde una vereda de Apartadó. Foto: Instituto Popular de Capacitacion (IPC).

La de Arenas Altas es una escuela de tres puertas. En la primera está el salón de clases. A su lado una fisura de varios metros en la pared. Sobre uno de los postes cuelgan dos ventiladores que no funcionan, y a unos metros, dentro del salón, hay un nido de avispas. En el interior de las dos puertas que permanecen cerradas están la habitación del profesor José Manuel, que en semana da clase a los niños, y un cuarto con computadores inutilizados, porque la vida es así: la vereda tiene energía, pero la escuela no.

Y con todo y eso, con la puerta del baño carcomida, una cancha de fútbol que no es cancha sino potrero, un salón caluroso en el que no es posible conectar los ventiladores y unos computadores que no pueden llevar a la gente de la vereda a internet para que lean esta historia, los niños van a estudiar y los antes guerreros y sus vecinos van a estudiar.

-A nosotros, la juventud nos cogió en la guerra- dijo Dorbey.

Dos de sus compañeros lo miraban silenciosos. Un hombre flaco, de camisa abierta en el pecho, entró en silencio al kiosco, cercado con madera, en el que hablábamos.

-¿Cuál es su nombre? – le pregunté.

-Horacio Celada.

Pero, ¿no se llama Juan? Dijeron algunos. Por primera vez escuchaban que ese tipo que por años fue guerrillero tenía otro nombre y que en su cédula, brillante y reluciente, que tramitó hace tres años, se lee un nombre desconocido. Él, que nació en Dabeiba, a 150 kilómetros de la escuela, quiere terminar la primaria para escribir por primera vez: Horacio Celada.

En el kiosco escuché las voces de Dorbey y Horacio, de Juan Bautista, que fue colaborador de las Farc, y de Samuel Urrego, un campesino de la vereda que toma con precaución el lápiz. Sus manos se tensan, como debatiendo cuál es la fuerza necesaria para escribir en su cuaderno: con la firmeza con que agarra el machete o la delicadeza con que toma los huevos de sus gallinas.

-Yo no fui estudiado –intervino Samuel, ya tímido.

-Estuve en esta escuela cuando era una casa de paja, del 89 pa’l 90 –dijo Juan Bautista, con el poncho anudado en el cuello, y una sonrisa fácil y enternecedora-. Estuve hasta cuarto de escuela y todo eso se me olvidó. Por eso me tocó empezar desde cero. Para esto se necesitan los cartones, pero yo no tenía eso. Vamos a estudiar hasta que lleguemos a once. El trabajo que hay es voleando rula. Es que la gente pide el bachillerato hasta para barrer- dijo Juan Bautista. Los demás lo miraron y se sonrieron, ya cómplices, ya sinceros.

-En la guerrilla aprendí a firmar. En la guerrilla leíamos lo interno, libros de la organización –contó Dorbey. Pero a lo mejor les leían, porque no sabía.

-¿Qué fue lo más difícil de aprender? – les pregunté.

-Lo más duro fue la matemática –respondió Juan Bautista.

-Pero contando plata no se enredan.

Entonces se rieron.

-¡Con eso no!

***

En el tercer piso de un edificio en Apartadó, Carolina Rodríguez tiene una oficina sobria, blanca en exceso, con unos pocos libros y aire acondicionado. Está al frente de la territorial Urabá de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ARN). Nació en Caucasia y desde hace dos años está en esta ciudad de casi doscientos mil habitantes, la más grande de la zona. Hace un tiempo se fue para Medellín, amenazada, en la época en la que la ARN se llamaba ACR, en la época en la que no acompañaba a ex guerrilleros sino a ex paramilitares. Entonces volvió. En su computador tenía abiertos algunos archivos con tablas de Excel.

En San José de Apartadó, en donde estudian Dorbey, Horacio, Juan Bautista y Samuel, acompañan a 65 personas que antes fueron guerrilleras. En el Urabá, la zona que coordina Carolina, hay 548 ex guerrilleros; hay dos Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR). En el de Llanogrande, en Dabeiba, hay 137 personas, y en el de Las Brisas, en el Carmen del Darién, 87. Más 56 personas que estuvieron en Tierralta, Córdoba, y que con el dinero que les entregó el estado, como parte del acuerdo de paz, compraron la tierra en la que hoy viven en Mutatá.

Pero de todas las personas que Carolina recibió en el proceso, identificaron que había “analfabetismo funcional”, es decir, sabían escribir sus nombres, pero no leerlo. En un primer examen, comprobaron que la mayoría de ex combatientes debían empezar de cero, hacer la primaria, como les sucedió a Dorbey y a Juan Bautista. Pero en ese proceso de un año que acompañó la ARN, los profesores fueron voluntarios o facilitados por la fundación de un candidato a la alcaldía de Apartadó, pues la secretaría de educación manifestó no tener recursos y calificó el proceso como “ilegal”.

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Era incertidumbre, cuando se regó el rumor de que no se iban a graduar. En una reunión, Efrén Medina, el rector de la Institución Educativa Bartolomé Cataño Vallejo, les dijo, como calmándolos: “Como colegio, les garantizo la firma y el diploma”.

Efrén no podía echarse para atrás. Cuando estaban armando los cursos, la profesora Luz Dary Blanquicet y él se ofrecieron como voluntarios. De no creer: los ex guerrilleros deben estudiar, mínimo, la primaria para acceder a proyectos productivos, pero la ARN no tenía dinero para pagar los profesores ni la alcaldía tenía los recursos, o eso dijeron. Por eso Efrén y la profesora Luz Dary aceptaron, lo mismo que siete profesores que aportó la fundación de un candidato a la alcaldía de Apartadó. “Cero politiquería”, pidió Efrén al candidato, para calmar los rumores.

Pero apareció un nuevo rumor que fue comentario público: “ese proceso es ilegal”. Lo dijo el secretario de educación de Apartadó. Y por eso la preocupación de Dorbey y sus compañeros, y por eso la promesa del rector Efrén, que les garantizaba el diploma.

Lo de ilegal lo matizó luego el secretario Jhon Fredis Córdoba Perea. “Sí hubo esa distancia, porque el secretario anterior, digamos que, con las miradas de la educación convencional, le dio prioridad a la educación regular”, dijo desde su oficina en Apartadó. Se refería al anterior, porque ocupa su cargo desde “el tres de octubre de 2018, a las tres de la tarde”. Por eso fue extraño cuando dijo que han “hecho un verdadero ejercicio de integración”, que han articulado el proceso con ex combatientes “de manera integral y efectiva” y que habían dispuesto todo para que se pudieran dictar clases en las escuelas veredales. Pero solo fue posible desde agosto, hace unas semanas, cuando empezaron los nuevos cursos.

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En esta casa vive Dorbey con su esposa desde hace dos años. Foto: Instituto Popular de Capacitación (IPC).

A los doce años, Dorbey recuerda que se fue para las Farc. Pero no fue un capricho del momento, dice. De Arenas Altas ya los habían desplazado los combates entre guerrilla y paramilitares, luego el acoso del ejército. Su familia se fue para la cabecera de San José de Apartadó y fue allá donde, en 1995, decidió irse para las Farc, en donde estuvo diez años.

Una década en el monte. La historia me la contó en la noche, cuando el hijo de su esposa ya dormía, cuando en el televisor había una película de Los Magníficos, sobre cuatro viejos militares gringos que estuvieron en la guerra de Vietnam y que iban por el mundo como súper héroes salvando la gente, sin un rasguño, sonriendo porque sus planes nunca fallaban. Dorbey me dijo que esas películas a veces le daban risa, porque la guerra no siempre era así como la mostraban.

En la tarde lo había visto descamisado y noté una cicatriz en la espalda. Y esa fue la razón por la que dejó de combatir en el monte. Esa era la marca de un tiro de Galil que entró por la cintura. Pudo morirse, pero sobrevivió. Y hoy, con una chocolera de varias hectáreas que tiene con Horacio Celada, sabe que no puede echarse al hombro bultos o cargas pesadas, porque esa cicatriz también es dolor.

En la mejilla derecha de Dorbey está la marca de un balazo que le rastrilló la cara. Pero no fue grave. Fue en 2005, luego de que ese tiro que por poco lo mata, que pidió no seguir en el frente sino en el transporte de armamento, uniformes y correspondencia. Y fue así hasta que lo capturaron, un día que regresaba a San José desde Apartadó. Lo enviaron a la cárcel Bellavista, a donde también fue a dar Juan Bautista, el vecino con el que ahora estudia. Juan era un colaborador y como tal fue capturado. Pero luego vino el proceso de paz y salieron indultados. Ambos regresaron a San José de Apartadó.

Dorbey dejó sus tres hijos en Medellín, ya fuera con su mamá, que dos décadas antes había huido de la guerra en el Urabá, o con la madre de sus hijos. Pero volvió a San José, ya soltero, ya dispuesto a volver a la tierra de su papá, de más de 40 hectáreas. Y allá, hace dos años, empezó a construir la casa de madera en la que vive y a visitar una casa vecina, en donde estaba una mujer de cara redonda y brazos fuertes. Se había separado hacía más de un año del papá de su hijo y se había devuelto a la casa de su mamá.

Por allá se asomaba Dorbey, ya buscando compañía, ya volviéndose a enamorar. Ambos estaban solos y separados, entonces se juntaron y se fueron a vivir a la casa de madera, como la mayoría de la zona. Ella no le dice Dorbey, sino que le dice amor. Fue ingenua mi pregunta cuando la cuestioné por un posible miedo por haber sido guerrillero. Entonces me contó que dos de sus hermanos también fueron guerrilleros y que uno murió en el monte. Que miedo no le daba.

Cuando empezó a contar que salía con El Viejo, como todo mundo llama a Dorbey, sus amigas le preguntaban con lástima por qué se había metido con un viejito. Ella no más se reía, que El Viejo no era viejo, que El Viejo tiene 35 años, pero le decían así porque tenía cara de viejo, o eso creían quienes dieron en llamarlo así.

¡Viejo con 35!

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En San José de Apartadó hay 34 escuelas veredales y unos 1500 estudiantes. Le dije al rector Efrén que la escuela de Arenas Altas, donde estudia Dorbey, no tiene energía y los computadores no se pueden utilizar. “Esa escuela es una de las buenas. Tengo escuelitas, que son cuatro estacas y el techo de palma. El 85-90% de las escuelas que manejo, carecen de unidad sanitaria, lo mismo pasa con las viviendas de las comunidades. ¿Cuál es el cuento, hermano? Han sido 40-50-60 años de olvido histórico del ministerio, del gobierno y la misma alcaldía. Decir que un alcalde va a resolver eso, es muy duro. Nuestras escuelas están deficientes en todo: infraestructura, casas de maestros, vías de acceso, restaurante escolar. Cada año deben dar desayuno y almuerzo, y acá escasamente están dando un refrigerio. Únicamente para una parte de la población”.

Que no haya energía en la escuela de Arenas Altas, dijo el secretario, se debe a que “EPM no ha llegado a ese sector, porque tienen otras prioridades”. Entonces lo interrumpí, pues todas las casas tenían energía, menos la escuela. “Ese tema hay que revisarlo y vamos a hacer las solicitudes pertinentes”, agregó.

Pero que no haya energía es solo un detalle. Para el rector Efrén, las escuelas son “incipientes”, como “cualquier pinturita”. Lo mismo con los computadores, que son viejos y cabezones, que no sirven. Y para qué, además, si no tienen señal de internet. “El ministerio exige calidad, rendimiento, que pruebas, pero estamos… dos años el Bartolomé Cataño se ha ganado el foro educativo en Bogotá, hemos ido a representar al municipio en Bogotá. ¿Dígame cómo lo hicimos?”

Cuando le pregunté al secretario de educación por la inversión que esta alcaldía había hecho en los colegios, no tuvo respuesta. Habló de reuniones con el Ministerio de Educación, que los “presupuestos son muy limitados”. Entonces aseguró que tienen recursos para invertir en las escuelas del municipio, unos 600 millones. Nombró la convocatoria que hizo el Gobierno para invertir 500 mil millones de pesos en instituciones educativas del país, pero no pudieron participar con ninguna de las “22 escuelas de San José que necesitan inversión urgente, porque no están legalizadas”. Y es lo que pasa con la escuela de Arenas Altas. El terreno lo donó una habitante de la vereda, pero ni de esa escuela ni de las demás casas, existe título de propiedad. “No se ha podido legalizar porque la norma impide hacer los tratamientos de rigor para que la población pueda recibir el beneficio”, agregó el secretario.

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Juan Bautista Celada muestra la mención de honor con la que se graduó de primaria. Foto: Instituto Popular de Capacitación (IPC).

Con todo eso, en julio se graduaron de primaria 33 ex guerrilleros de las Farc. Y ese es un requisito para que puedan acceder a proyectos productivos. Dorbey quiere tener más vacas, más ganado, hacer tres estanques más para cultivar tilapias. Desde ese día, los antes combatientes pueden estudiar en las veredas Mulatos, La Esperanza y Arenas Altas. En esas escuelas, y en San José, hay 66 personas que fueron farianas, empuñando lápices y colores.

De ese momento hay muchas imágenes: el diploma que recibió Dorbey, la mención de honor que Juan Bautista Celada mereció por su liderazgo, las fiestas familiares en las que celebraron los grados o el llanto de un niño de diez años, emocionado, al ver que sus papás, antes en la guerra, terminaban la escuela, como él.

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“El 50% de los jóvenes de San José están trabajando con las AGC”, me dijo luego un líder del corregimiento. Que con la salida de las Farc, las Autodefensas Gaitanistas de Colombia coparon el territorio, que ahora andan de civil, que tienen informantes en todos lados, que tienen sus rutas para mover la droga y que los jóvenes se están yendo para la guerra, como si no hubiera sido suficiente.

Los que pasan información o hacen inteligencia los llaman “puntos”. “Nosotros creímos que con el proceso iba a llegar algo bonito a San José. Se hizo el PDET, y prácticamente utilizaron a los campesinos”, que el corregimiento podía ser una despensa agrícola para Apartadó, pero la guerra acabó con el comercio, cuando salen de San José son señalados de guerrilleros y con ese argumento las alcaldías que han pasado no han invertido lo suficiente en la zona.

Pero pasa que son muchos los soldados en San José, que miran desconfiados, que detienen cada semana los antes guerrilleros, que el estigma sigue y que las almas no se han desarmado. Que los cultivos de cosa ya no están a la vista de los caminos, pero que abundan, dice el líder, muy seguro, y que muchos de los guerrilleros están volviendo a la guerra, ahora con las AGC.

Pero de las 548 personas que tiene asignada la ARN en Urabá, 515 están activos. Los restantes 33 no han hecho parte del proceso, no fueron a estudiar, y a partir de noviembre dejarán de recibir el 90% del salario mínimo cada mes.

“Yo sé que la cuestión está muy brava en las veredas. Desafortunadamente el gobierno no cumple y está obligando a la gente a… Las están obligando a que hagan determinadas cosas. Les pintan pajaritos y no hacen nada. Ellos tienen voluntad, pero mire el proceso cómo va”, dijo un profesor

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En la casa de Juan Bautista comen arepa de chócolo con leche de sus vacas. En la casa de Dorbey comen mucho arroz con plátano, frijoles y chicharrón. A veces duerme allí Horacio, el que en la guerra se llamaba Juan. Otros días duerme donde unos vecinos. Su familia está lejos, no tiene pareja y su compañía es Dorbey, con quien tiene una chocolera.

-Haga un ranchito, por ahí hay mucho dónde hacerlo- le dijo Dorbey hace días, ofreciéndole parte de la tierra que heredó de su papá-. Para que no ande de un lado para otro.

Horacio me dijo que sí, que creía que iba a construir. Me lo contó afuera de la casa de madera. En ese momento, Dorbey ensillaba dos caballos para llevarme de regreso a San José. El día anterior me había ofrecido su casa y ahí estábamos, a punto de regresar por caminos intransitables, de cruzar por una escuela sin energía, de andar unas tres horas hasta San José, en donde iba a jugar un partido de fútbol. En el camino lo escuché hablar con sus hijos. La niña lo despidió pronto, pero el niño le preguntó cuántos goles había marcado, que con quién jugaban, que en cuál posición iba el equipo, que ya se quería regresar a vivir con él, para que lo metiera en una escuela de fútbol. Quién sabe, me dijo después, que llegue a ser futbolista. Caminamos al bordo de riachuelos y quebradas, hasta que llegamos a San José. No repasó la tabla del ocho, como le pidió el profesor José Manuel Perea, pero tendría seis días más para llegar hasta el ocho por diez.

-¡Ochenta!

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