Wilson* y María* son dos habitantes del corregimiento Colorado, de Nechí. Ambos nacieron y se criaron en estas tierras, a orillas del río, donde pescado y oro han sabido convivir. La solidaridad y la confianza entre vecinos hacía que esta zona fuera amañadora para los pescadores de otros lugares que llegaban a Colorado buscando una nueva vida.

“En un pueblo pequeño como es Colorado, que es un corregimiento relativamente pequeño, el vecino se ayuda con el otro vecino, la gente es muy generosa muy humilde”, dice María. “Eso era una tranquilidad que había. En esa época no había celulares, ni teléfonos, ni nada y con el mero hecho de decir para donde iba, todo el mundo estaba pendiente”, complementa Wilson.

María recuerda que “la gente vivía de la agricultura y de la pesca. El oro se trabajaba artesanalmente sin perjudicar el agua limpia. O sea, si yo encontraba aquí oro, tenía que buscar la forma de que el agua que yo ensuciaba aquí no cayera allá, donde está el pescado. Había una responsabilidad con la naturaleza, se respetaba la naturaleza”.

El río Nechí representa la vida para los habitantes de Colorado y para el municipio que lleva el mismo nombre. De ahí vivían, comían y con el río crecían. La vida se formó alrededor del río. Hoy las aguas del Nechí le han dado paso a extensiones de tierra que antes estuvieron ocultas en sus aguas. Las actividades mineras han hecho que el caudal del río disminuya, formando potreros que cada día crecen más. Donde antes hubo río, hoy pastan vacas y caballos.

Por las aguas del río ahora solo se ven pequeños bocachicos o bagres que quedan atrapados en las atarrayas. Cuando los hay. La mayoría del pescado queda estancado en las aguas pantanosas que deja la minería de las grandes empresas. “Nechí lleva la sangre del pescado; Nechí, por regla, es pescador. Entonces aquí todo giraba en torno al río; entonces sí, yo afirmaría que una de las mayores transformaciones que ha sufrido Nechí ha sido la contaminación del río”, dice Wilson*.

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“Y eso es lo que nos mata a nosotros en el municipio de Nechí, porque en Nechí la mayoría de la gente no tiene tierras, las tierras están en los terratenientes”, dice Wilson. No tienen tierra para sembrar ni agua para pescar. En “La Puerta de Oro de Nechí” como se le conoce a este corregimiento, los hombres y mujeres solo esperan a que los días pasen y
todo vuelva a ser como antes: poder salir y pescar alguna de las 36 especies de pescado que eran aptas para el consumo y que navegaban por el Nechí en épocas de subienda.

La tierra en la que se asentó la familia de Wilson le pertenecía a un familiar, quien le cedió un pedacito a su papá para que levantara la casa. “En ese entonces no se hablaba de título, cuando usted llegaba y abría la tierra, el inspector le daba un papel con las especificaciones del lote, de tantas hectáreas, colindantes con fulano de tal y fulano de tal. Y si después usted decía, bueno, yo no voy a vivir más aquí, esta tierra la voy a vender, entonces se la vendía a él con el papel que el inspector le firmaba. Eso le daba derechos y era propietario, y él se aprovechaba de eso y entonces se apropiaba más”, comenta Wilson.

Se establecieron en Colorado y allí se formó la familia.

En el caso de María, su mamá ya llevaba muchos años en el territorio, “antes de la guerra entre liberales y conservadores”, comenta ella. Sin embargo, recuerda que cuando era niña hubo una masacre muy grande en el corregimiento que los obligó a desplazarse hacia Caucasia por unos años. No recuerda muy bien la fecha, pero desde ese momento, no pudo volver a estar tranquila en Colorado.

“Nos dio miedo y nos fuimos, la mayoría del pueblo dejó su casa donde teníamos una estabilidad económica y emocional, por el miedo, porque grupos al margen de la ley se tomaron el territorio; hubo una masacre donde mataron gente inocente. Yo recuerdo que hubo épocas muy difíciles por ese trauma”, dice María.

Las guerrillas de las Farc y el ELN llegaron a Colorado en 1985, hace más de 35 años. Al principio, Wilson creía que solo iban de paso, pero su presencia, en sus palabras, fue como una “plaga, van avanzando y cogiendo el territorio”.

Un día de 1985 hicieron una reunión en el caserío en la que asistió todo el pueblo. Muchos de los que estaban allí sentados ni siquiera sabían quiénes eran ellos y por qué los habían mandado a llamar. Supuestamente, informaron y se fueron. Uno de ellos quedó vigilando el pueblo.

Sin embargo, esa noche o días después, Wilson no recuerda bien, aparecieron siete personas muertas en el corregimiento: “A las 7:00 de la noche llegaron los guerrilleros a Colorado, se presentaron, acostaron siete personas en el suelo y fueron disparando uno por uno”.

María también recuerda ese hecho: “Hace 30 o 35 años atrás hubo una masacre muy horrible de las Farc que todo el mundo decía ‘¡Se metió la guerrilla, se metió la guerrilla!’. Eso fue horroroso, fue un impacto para todo el corregimiento, y de ahí se empezó a ver que todo el mundo comenzó a irse, a desplazarse, por el miedo”. Un total de 34 personas aparecen
registradas en la Unidad de Víctimas como desplazadas del municipio de Nechí para 1985, 40 para 1986, 101 para 1987.

“Eso sí lo vivimos en carne propia, todos los que vivíamos en Colorado, para nadie es un secreto. Eso fue una masacre que llegaron por la noche y pam, pam, pam, y mataron un poco de gente, y después cuando hubo un desplazamiento mataron dos muchachas”, relata Wilson.

Las normas de esos grupos comenzaron a imponerse en el territorio. Si la orden era que todo el pueblo tenía que estar dormido a las 6:00 de la tarde, todo el pueblo debía estar dormido a esa hora. María y Wilson no recuerdan otro hecho que haya marcado la historia de Colorado
tanto como la masacre de 1985, pese a que antes de ello ya se presentaban desplazamientos, desapariciones, asesinatos selectivos y toma del control del territorio.

Por cuenta de esas convivencias forzadas propias del conflicto armado colombiano, los habitantes de Colorado se acostumbraron a la presencia de estos grupos en su territorio. Hasta inicios del 2000, cuando aparece un nuevo actor armado que llega a modificar las reglas del espacio.

Se presentaron como Convivir. Luego se dieron a conocer como Autodefensas Unidas de Colombia, las AUC. Algunos, como Wilson, los conocen como “los paras”; para María son los “antisociales”.

“Ellos se metieron dentro de la comunidad, y ya eran los que mandaban”. María todavía recuerda los años de temor y zozobra a los que se vieron sometidos durante este “mandato”. Nadie en Colorado podía salir porque había un grupo en Nechí y otro en Caucasia y los “antisociales” tenían miedo de que la gente fuera a hablar a esos municipios y se “calentara la cosa”.

“Estábamos como prisioneros, estamos secuestrados en el mismo pueblo, no podíamos salir, no podíamos hablar. A los tenderos les cobraban, a los que tenían cantina iban y se tomaban lo que les diera la gana y no pagaban, era horrible”, relata la mujer.

Wilson no tiene muchos recuerdos de las acciones paramilitares en la zona. Solo sabe que “los paras” estaban y que el miedo era latente. Dice que se crearon porque en la región se estaba dando un robo de ganado y los grandes empresarios, los ricos de la zona, se unieron y crearon este grupo para defenderse y buscar a los ladrones.

“Donde sabían que fulano les había robado, allá iba. Había días en que aparecían tres, cuatro muertos, y como uno no sabían quiénes eran, uno decía, ‘están matando gente’”. Matando gente sin ninguna explicación. Así lo veía la población de Colorado.

Para Wilson el pueblo volvió a sentir la sensación de calma y tranquilidad en el momento en que los paramilitares se desmovilizaron. Fueron meses para respirar, para volver a buscar las ganas de querer transformar el territorio y forjar un futuro para las nuevas generaciones.

Sin embargo, las disidencias de este grupo entraron nuevamente al territorio y para 2009 comenzó otra vez el éxodo de personas de Colorado hacia Caucasia, la cabecera municipal de Nechí y el sur de Bolívar.

Para María, los años más duros fueron entre 2009 y 2010, los mismos a los que no quiere referirse con mucha precisión. El mismo periodo en el que Wilson y su familia fueron desplazados. Los registros que tienen la Unidad de Víctimas dicen que unas 4.738 personas se desplazaron de Nechí durante estos dos años.

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El daño más grande que ha dejado la guerra en Colorado ha sido la instauración del miedo. Es un pueblo que no confía ni en el Ejército, ni el Estado, ni tampoco en su vecino. Ya no saben quién es quién ni con quien trabaja.

“Ha cambiado porque desde hace diez años los grupos al margen de la ley ya viven dentro del territorio, ya no es que llegan y se van, sino que se apropian del territorio y entonces ellos son los que mandan. En Colorado no hay un puesto de Policía, no hay una inspección donde uno de pronto pueda desahogarse, porque de igual forma no va a tener uno la confianza”, dice María.

En el corregimiento hay diez asociaciones comunitarias, una Junta de Acción Comunal y un Consejo Comunitario, que trabajan de la mano para recuperar ambiental, económica y moralmente a su territorio. Es un trabajo que requiere de la fuerza y la unión de sus habitantes, pero también de la presencia integral del Estado que les garantice una paz y la no repetición de los hechos victimizantes a los que fueron sometidos durante más de 30 años.

A pesar de que la Unidad de Víctimas llegó a este territorio para brindarles una asesoría y acompañamiento como víctimas, los pobladores de Colorado aún continúan con miedo de nombrar aquello que les pasó, de reconocer su pasado y enfrentarlo en el presente para construir futuro. Sienten que la institucionalidad, una vez más los va a ignorar y sus vidas van a quedar en manos de “los malos”, como los llama María.

Ven la paz como una luz que se aleja cada vez más de su territorio y al miedo como una sombra que los cobija y abraza sin quererlos abandonar. Quieren una paz que les permita trabajar y construir vida.

Sus habitantes quieren tierras para trabajar y volver a la agricultura, quieren construir una escuela, una estación de policía y una vida alrededor del río, como siempre la tuvieron.

“Las tierras son del terrateniente y el arriendo es bien caro, nosotros estuvimos gestionando para cultivar el año pasado. No fue posible porque no nos alquilaron porque nosotros no tenemos tierra. Colorado es un corregimiento muy bendecido, es próspero, tiene tierras altas y bajas, pero las tierras son de los terratenientes, y las alquilan muy caras, entonces grave, no tenemos nada”, dice Wilson.

La esperanza, aunque agotada, aún pervive, para María todo queda en manos de Dios. “Y para que haya una paz se necesita confianza, necesitamos sentirnos seguros, pero en los territorios no estamos seguros porque no confiamos ni en la misma autoridad, porque desafortunadamente hoy no sabemos quién es quién. Entonces no se… confiar en Dios, será”.