Juan Muñoz se convirtió en sepulturero cuando los primeros cuerpos de las víctimas de la avalancha de Armero empezaron a cruzar por el corregimiento Bolombolo, a orillas del río Cauca, en el Suroeste de Antioquia.

“Me regalé”, dice, porque no había quien se encargara del cementerio. En pocos días enterró 42 cuerpos que viajaron cientos de kilómetros entre las aguas ocres del “Mono”.

Con los años, dice, “llegó la pila de muertos”, los que bajaban flotando por el río y que algunas veces encallaban en los remansos y playas del Cauca, con marcas de balas, de cuchillos, de sogas. “Los paracos tiraban los cuerpos en la carretera o los tiraban al río”, recuerda mientras se toma una bolsa con agua. Pero llegó el día en el que Alcides de Jesús Durango, alias René, comandante del Bloque Suroeste de las AUC, prohibió a la gente recoger los cuerpos del río.

Muchos de los cuerpos que enterró Juan Muñoz los recogió José Antonio Ríos, un hombre de 59 años, quien fundó el cuerpo de bomberos en el corregimiento. Dicen que a “Toño” le encanta sacar muertos del río. Hay una razón: los cuerpos que bajaban por la tragedia de Armero le enseñaron que no podía quedarse mirando. Dice que rescató más de 30 cuerpos, que los remanses Overón, El Mosquito y El Dormido fueron la calma de un río que llevaba con fuerza troncos y basura, cuerpos y más cuerpos.

A veces caminaba al lado del río y le llamaba la atención ver los gallinazos en las playas. Era una señal: un cuerpo había encallado. En el libro de minutas del cuerpo de bomberos describió lo que veía: los rasgos, el color de piel, la estatura, los tatuajes, las cicatrices. Algo, dice sentado en la sala de su casa, que algún día pudiera servir. La minuta sirvió para recordarle a alias René y alias Chorizo, la cantidad de muertos que los paramilitares habían dejado en el Suroeste. En 2010 el río Cauca subió hasta el parque de Bolombolo y la antigua estación del Ferrocarril de Antioquia, y la creciente se llevó consigo el archivo que “Toño” construyó durante décadas y que hoy sería clave para ayudar a encontrar a los desaparecidos.

“Toño” dice que sobrevivió, que por alguna razón los paramilitares no lo asesinaron por recuperar los cuerpos del río y que dejó de hacerlo ante el ruego de su madre, que ya no aguantaba la angustia de que la próxima víctima fuera su hijo. Y lo hizo, por eso habla ahora de esos años, del río de vida que cargó tantos muertos. “Toño” y el viejo Juan Muñoz saben de los cuerpos que cruzaron frente a sus ojos de día y de noche.

Girlesa Yepes, en cambio, no vio ni recogió cuerpos del río Cauca. Sentada sobre una barcaza en una calle de Bolombolo, de espaldas al río, dice que el 28 de diciembre del 2002 la llamaron a decirle que su hijo Fredy Alonso y un amigo, que iban de camino a Medellín, fueron bajados por los paramilitares en Bolombolo y sus cuerpos luego los arrojaron al río.

“Qué navidad tan triste y tan sola”, me cuenta ahora, mientras el Instituto Popular de Capacitación (IPC), la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, la Organización Indígena de Antioquia y el Museo Casa de la Memoria de Medellín hacen un homenaje al río Cauca y a las víctimas de desaparición forzada en el Suroeste de Antioquia.

“Yo me estaba enloqueciendo, se me estaba corriendo la teja”, dice Girlesa, queriendo explicar lo que viven las familias que esperan a un hijo o un esposo. “Yo pensaba que estaba vivo, que no aparecía porque le daba miedo salir”. Resulta que hace dos años la llamaron a su casa y le pidieron que fuera al búnker de la Fiscalía en Medellín. Ella recuerda ese día, ese lugar, esa noticia.

-¿Quiere saber la verdad?- le dijo alguien.

Girlesa dice que se agarró de su brazo y el dolor la volvió a abrasar.

-¡Dígame, dígame!

Habían pasado 17 años desde que Fredy había muerto.

-¿Quiere verlo? Está en el laboratorio.

El cuerpo de Fredy se detuvo en Sabanalarga, en el Occidente de Antioquia, 156 kilómetros después, lo rescataron mineros o pescadores que, como la gente en Bolombolo, rescataba cuerpos de las aguas para enterrar en playas y cementerios, para salvarlos del movimiento y la incertidumbre, para darles una tierra, aunque fuera ajena, a la espera de que un día llegara la coincidencia.

La coincidencia llegó para Girlesa, recibió el cuerpo incompleto de su hijo, lo veló por unas horas en su casa de Ciudad Bolívar, un pueblo cafetero del Suroeste, y luego llevó los restos al osario familiar del cementerio de su pueblo. Fredy, el muchacho, tenía 19 años. Su amigo, Braulio, el que también viajaba para Medellín, aún no aparece.

Cuando Girlesa se encuentra con Rocío, la madre de Braulio, vuelve a llorar. Juntas son llanto. “Mamaes, no pierdan la esperanza”, le dice Girlesa a cerca de 50 familias de desaparecidos en el Suroeste durante el homenaje, “mamaes, yo encontré a mi hijo después de 17 años, ustedes también van a encontrar los suyos”.

En el Suroeste de Antioquia hay 1.464 personas desaparecidas, según el Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica, el 85.9% eran hombres como Fredy y Braulio, el 8.6% eran mujeres y del 5.3% no hay información.

Luz Nely Osorno, presidenta del Instituto Popular de Capacitación, dice que “hasta las familias le tienen miedo” al río Cauca. “No se sabe cuántas personas arrojaron en el río, pero muchas familias nos dicen que sus seres queridos están en esta fosa común. Queremos hacerle un homenaje al río como víctima del conflicto armado”. A su lado están las fotografías de 26 personas desaparecidas, algunas de ellas asesinadas y desaparecidas en el río por el bloque que alias René dirigía en municipios como Urrao, Caramanta, Betulia, Concordia y Venecia, al que pertenece Bolombolo.

Poco antes, el jaibaná Gustavo Velásquez hizo un ritual en el que le pidió perdón al río, “estamos presentes para acercarnos a él, para sentir su regocijo, su arrullo, su paz. Para muchas personas es un río que va en una sola dirección, pero ahí está el oxígeno de la humanidad. Estamos aquí para reconciliarnos, porque somos agua, aire, tierra y fuego”.

Girlesa y las demás personas toman en sus manos ramilletes de flores y caminan hasta el puente que cruza el río Cauca y que conecta a Antioquia con el Eje cafetero y el sur del país. Dicen que el Cauca, un río de vida, también fue un río de muerte. Desde lo alto del puente amarillo, Girlesa le ofrece flores a sus aguas, que es como una reconciliación, que es como un gracias, que es como un dolor, que es como un adiós.

La vida es tan frágil como las flores amarillas que caen desde el puente hasta el río.