Jóvenes durante el Paro Nacional en Medellín. Foto: Yeison Camilo García.

Cerca del fogón de leña improvisado, vi a jóvenes pelando papas y yucas para preparar el sancocho. Estaban sentados en el suelo, cubiertos del sol por una sombrilla que uno de ello sostenía, a un par de metros de la carpa blanca desde la cual programaban la música. En torno a aquella estaban dispuestos algunos carteles pintados con vinilo y pincel, alusivos a la vida, la dignidad, la resistencia.

Katherine Urrea, una de las líderes de la organización juvenil Robledo Venga Parchemos, invitaba a los vecinos a juntarse en ese espacio: el Parque La Batea, ubicado en el barrio Villa Sofía, Comuna 7 de Medellín. La idea era que, ese domingo 9 de mayo, participaran en las actividades del Paro Cultural Pa’la Olla: taller de primeros auxilios, tertulia sobre memoria barrial, presentaciones artísticas, entre otras.

De este modo, jóvenes de barrios de la Zona 2 – Noroccidental se articulaban a la programación del Paro Nacional. Desde su inicio, sumaban doce días de movilizaciones en rechazo a situaciones históricas de desigualdad e injusticia social, materializadas en feminicidios, agresiones a líderes sociales, erradicación forzada de cultivos, desfinanciación de la educación pública, carencia de una renta básica en tiempo de pandemia, etcétera.

Luego de ese domingo, he pensado en el rol que jóvenes, sobre todo de sectores populares de Medellín, han tenido desde el 28 de abril, cuando inició el Paro. Considero que se han sobrepuesto a la indiferencia, ese “peso muerto de la historia” del que se escapa tomando partido, según Gramsci. Así, se han reconocido como protagonistas de un momento histórico que requiere de acciones conscientes para generar cambios y transformaciones.

Eso ha llevado a que jóvenes salgan a protestar a las calles, como forma de participación política en el espacio público, para reclamar sus derechos y los de otros grupos y sectores sociales excluidos del ámbito del poder estatal local. Cohesionados por valores como la solidaridad, la fraternidad, el cuidado, la dignidad, se han organizado para resistir. Algunos, inclusive, se han integrado a alguna “primera línea” para defender a los protestantes de agresiones por parte de las fuerzas del Estado.

Descentralización de la movilización social

Recuerdo que, durante los primeros días, las marchas, las concentraciones y las asambleas populares se realizaron en torno a espacios céntricos o tradicionales, como el Parque de La Resistencia (antes de Los Deseos) y el Parque de Las Luces. Allí no solo se debatían las decisiones del Comité del Paro, sino que también iniciaban, terminaban o reposaban quienes recorrían sectores como la avenida Oriental y la calle San Juan.

Sin embargo, los jóvenes junto con otros protestantes se han encargado de descentralizar progresivamente la movilización social. De a poco, han redirigido los recorridos hacia los barrios de las zonas nororiental y noroccidental de Medellín, y hacia municipios cercanos del norte y sur del Valle de Aburrá. Además, en un contexto de pandemia, han asumido la labor de transmitir en vivo lo que ocurre en las calles hasta las casas, a través de redes sociales y plataformas digitales de medios alternativos.

Esto ha estado acompañado de un desescalamiento de los escenarios y niveles de discusión. De las asambleas masivas en el Parque de la Resistencia, donde se discutían y decidían asuntos concernientes a la articulación de la ciudad al Paro, se ha pasado a las asambleas zonales en las que participan habitantes de los barrios con sus sentires desde lo local. Una de ellas fue la asamblea popular convocada por el movimiento barrial de la Zona 2 – Noroccidental, que se realizó el 13 de mayo en el Parque Biblioteca Tomás Carrasquilla – La Quintana.

En ese espacio, habitantes de tres comunas: Castilla, Doce de Octubre y Robledo, tuvieron la oportunidad de reunirse por primera vez durante el Paro. Conversaron sobre la historia de poblamiento de sus barrios, denunciaron la criminalizaron de la protesta, rechazaron las violaciones a los derechos humanos y reconocieron su empobrecimiento como consecuencia del sistema capitalista. Además, propusieron que hubiese formación política, estrategias de salud mental, participación del gobierno local en las asambleas y desmonte del Esmad.

Prolongación del Paro

Esta descentralización de la movilización hacia los barrios también ha posibilitado la diversificación del repertorio de acción colectiva. En buena medida, la energía y creatividad de los jóvenes ha hecho que se pase de las marchas masivas y asambleas de ciudad a acciones cada vez más locales, donde las problemáticas que condujeron al estallido social pueden percibirse en la cotidianidad cuando se habla de educación, salud, vivienda, alimentación, como derechos que han sido mercantilizados.

De ahí que jóvenes han sido protagonistas en la organización y programación de asambleas comunitarias, como la celebrada en La Quintana; tomas culturales en sitios como el Parque de Robledo y la Glorieta de La 80, para sensibilizar a los transeúntes a través del arte; torneos interbarriales, que recurren al deporte como estrategia de integración; y velatones nocturnas en canchas, parques y “cais” de Policía, para reflexionar sobre la situación actual del país.

Sumado a eso, han realizado marchas barriales a pie y en motocicletas, como la que recorrió Aures 1, Aures 2 y Villa Sofía, animada por la banda marcial que están conformando los niños y adolescentes de estos sectores. Esta última se realizó ese mismo domingo de mayo; arrancó a las 2 de la tarde en Dimas y terminó un poco antes de las cuatro en el Parque La Batea, donde Katherine Urrea, demás jóvenes y vecinos los recibieron con el sancocho comunitario que montaron al fogón desde un poco antes de mediodía.

Todas estas acciones colectivas de los protestantes se han estado replicando en distintos sectores y barrios de la ciudad, promovidas principalmente por jóvenes que pertenecen a organizaciones sociales y procesos comunitarios. Desde esos espacios, donde los problemas por representatividad y vocerías son mínimos, se han organizado para resistir por más de dos meses en función de las reivindicaciones propias y de otros sectores urbanos y rurales, a través de una agenda de actividades que ha permitido la prolongación del Paro Nacional.