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El derecho de las víctimas a la palabra

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Si hay algo que refleje con nitidez la irracionalidad de la guerra es que los juicios estén siempre atravesados por la lógica amigo-enemigo. Todo es visto en blanco y negro, no es posible que allí tengan cabida las matizaciones, la posibilidad de otras miradas. De allí que los hechos y las circunstancias en las cuales se desenvuelven las complejidades de un conflicto armado como el colombiano estén sometidos a juicios de valor en donde ésta lógica deja su impronta y a esto no escapan sólo los protagonistas centrales: Farc y Gobierno colombiano sino también aquellos que desde la sociedad han tomado partido por uno o por otros.

 

Las liberaciones ocurridas recientemente son elocuentes en mostrar el afán del Gobierno por ponerle todas las trabas posibles a un proceso que no está en su lógica de evitar que el secuestro político logre eso: sus propósitos políticos. Para el gobierno y para las FARC el problema es político, no humanitario. Y para el gobierno el rescate armado es su prioridad y el acuerdo humanitario es sólo un embeleco de los amigos de las FARC.

Acciones civilistas como la emprendida por la Senadora Piedad Córdoba y un grupo de colombianos(as) que tercamente defienden el Acuerdo Humanitario y la solución política al conflicto sufren la ofensiva macartizadora y descalificadora del establecimiento y de buena parte de la sociedad que aplican la lógica antes señalada a quienes se aparten del discurso oficial: son parte del enemigo. 

Que los medios se ocupen ampliamente de informar sobre los pormenores de las liberaciones son actos interpretados por el Gobierno como shows que estarían en la dirección de favorecer el protagonismo de las Farc y esto hay que impedirlo. Pero llevar a los secuestrados a las dos de la madrugada a la Casa de Nariño o visitar a Alan Jara a altas horas de la noche con todos los medios de comunicación a su servicio eso no es algo que sea cuestionable, es algo plausible.

Pero lo mas grave del desarrollo de esta lógica es que se tenga la osadía de entrar a cuestionar el relato de quienes han vivido la crueldad y la inhumanidad del secuestro y sobre todo cuando dicho relato en nada le conviene a la política oficial. Los planteamientos de Alan Jara han despertado todo tipo de reacciones, le han endilgado que está poseído por el síndrome de Estocolmo, que es un enviado de las Farc y más aun, que está perturbado mentalmente. Es una gran osadía y debe subrayarse, pues aparte de todos los vejámenes a que ha han sido sometidos los secuestrados también se les quiere en la “libertad” imponer lo que fue su mayor tortura: el silencio de la selva, la imposibilidad de comunicarse. Como mínimo las víctimas del secuestro se merecen que la sociedad no sólo les permita contar su historia sino ante todo respetar sus contenidos. Reviste el mayor irrespeto a ellas todo intento de impedirlo o de manipularlo. También la sociedad tiene el derecho a ser informada sin sesgo alguno sobre una de las perversiones graves del conflicto que aqueja a la sociedad colombiana: el secuestro.

No deja de preocupar algunas aseveraciones de representantes de organizaciones médicas que con motivo de las liberaciones que nos ocupan. Y preocupan porque ya es de conocimiento el papel de la institución médica en las purgas Estalinianas para perseguir a sus contradictores políticos y en la alemania nazi, para sólo señalar estos dos casos. No se puede ocultar el grave trauma sufrido por los secuestrados, que recomponer su mundo, su estructura de valores y sus afectos requerirá de tiempo. Pero de ello no se puede colegir que sean unos dementes.

¿No están acaso mas afectados los juicios de quienes la realidad la miran solo  en la lógica amigo-enemigo?

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Actualizado ( Viernes, 11 de Febrero de 2011 15:47 )  

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