Figura
atractiva, personalidad magnética; verbo vibrante, discurso mágico, capaz de
construir con palabras lo que con hechos tanto cuesta; forma y fondo
avasalladores. Todo eso, y hasta más, le pide el mercadeo político actual a un
candidato ganador en cualquier competencia electoral. Una lista que se puso de
cabeza en la contienda presidencial colombiana en 2010.
Aquí
vamos, con más emoción que atención, en un cabeza
a cabeza que pone a prueba ya no sólo las capacidades de los equipos de
campaña para ubicar a su aspirante en el lote puntero, sino además la precisión
de las encuestas. Como en una buena jornada de hípica, la campaña presidencial
entró “en tierra derecha” con Antanas
Mockus y Juan Manuel Santos en papel de purasangres ganadores, con apuestas
grandes a favor de uno u otro y sin definición clara a la vista, por la
sencilla razón de que ninguno de los dos es el típico candidato triunfador.
No es
sino ver a Mockus: una figura que hubo de ser por décadas la pesadilla de
cualquier asesor de campaña; una personalidad excéntrica más propia de figuras
alternativas (y, por tanto, minoritarias) que de un líder de masas; un tono de
voz somnífero y una forma de contestar preguntas que obliga a contener el
aliento a la espera de cualquier desastre… Sin embargo, ahí va, casi en olor de
banda presidencial, en medio de una Ola
Verde cuya fuerza, no obstante, ya parece haber golpeado la playa y
rebotado.
Santos es
todo un caso de manual de marketing. Podrá tener más carisma un témpano, pero
en una campaña sin personalidades descollantes, el artificio de la publicidad
le proyecta lo que no tiene: liderazgo. Una cirugía por aquí, algo de Photoshop
por allá, un color adelante, otro atrás, buen archivo de prensa, habilidad para
la prestidigitación verbal y mucho de oportunidad de relevo obligado de una
imagen ajena, y ahí tiene el respetable público un candidato con buena opción.
Con Noemí
Sanín mejor sigamos de largo: no atrae votos sino que parece suplicarlos.
Germán Vargas se hunde en el lodo de su propia desesperación. Y Rafael Pardo y
Gustavo Petro son candidatos a la antigua: con propuestas finas y buen respaldo
partidario, en tiempos cuando los discursos interesantes no son ni oídos porque
aburren, y cuando de los partidos, tal como antes se conocían, nadie quiere
saber. Dos buenos gallos de pelea
para el estilo de los años 80, perdidos en el tiempo y el espacio en la
contienda 2010.
Así que
la atención está en la punta, y allí ahora puede primar la imagen sobre el
fondo. En eso Santos tiene la carta ganadora, y la juega innecesariamente sin
escrúpulos: la mano de su gurú de cabecera, Juan José Rendón, se nota con
correos electrónicos que ensucian a Mockus, con declaraciones forzadas sobre
humos de marihuana y con cuñas publicitarias que falsean la voz del presidente
Uribe o esconden al candidato pero al tiempo le ponen en el papel de víctima de
la campaña. Como si fuese, por ejemplo, un caído en cualquier falso positivo…
En cuanto
a Mockus, tendrá que hacer algo más que surfear sobre la Ola
Verde si no quiere terminar revolcado por ella misma. Una
opción emergente corre el riesgo de que el halago de las estadísticas adormile
la acción electoral: el voto de opinión se puede contentar con el
posicionamiento estadístico de la misma opinión, pero de pronto ni llega a las
urnas. El reto: traducir el impulso de aceptación en votos.
Quedan
tres semanas para los comicios, y ese es un período eterno en campaña. Así que
a ajustarse los cinturones, porque la turbulencia puede estar por comenzar.
Quién sabe, también como en la buena hípica, si todavía algún ejemplar rezagado
agilice el paso y dé una buena sorpresa… Improbable, pero no imposible, como
cualquier cosa que pueda ocurrir entre Mockus y Santos ya en el conteo de
votos, que es el que realmente cuenta.
Las
ideas aquí planteadas no comprometen la opinión del
Instituto Popular de Capacitación (IPC), que las difunde dentro de su
política
de pluralismo y libertad de expresión.