Colombia no deja de ser una caja de sorpresas y lo es no sólo para
extraños, también para los
colombianos(as) para quienes la realidad supera, en no pocas oportunidades, su
capacidad de ficción. Se trata de una de nuestras virtudes, que a veces no
valoramos suficientemente, la cual nos ha permitido una vida menos plana como la
de aquellas sociedades en donde los únicos cambios suceden con las estaciones.
El proceso electoral actual fue un buen ejemplo de ello, nadie acertó en sus
resultados, incluidos los encuestadores.
Las elecciones parlamentarias mostraron
hasta dónde ha calado el poder del uribismo en la sociedad y el anclaje que tiene
el clientelismo en la cultura política. Pero la Corte Constitucional con su
sentencia, que dejó sin piso la segunda reelección de Uribe, oxigenó nuestra
precaria democracia permitiendo que se abriera un abanico de alternativas en el
debate electoraly permitiera soñar en la posibilidad de un cambio así éste
no satisficiera plenamente nuestros deseos.
La irrupción en la arena política
del Partido Verde fue parte de ese sueño. La imagen de cuatro exalcaldes unidos
en un propósito político que prometía una manera distinta de hacer política
enarbolando la bandera de la anticorrupción, y que además, planteaban la
urgencia de una profunda transformación cultural a través de un proyecto
educativo, caló en importantes sectores medios de la sociedad, en cuadros y
sectores del Polo Democrático Alternativo (PDA) y capturó el interés de nuevos
votantes.
Propuestas como las del PDA y el
Partido Liberal, calificadas como las mejores por sus contenidos y por los
candidatos que las representaban, no fueron creíbles para el electorado no
obstante su esfuerzo por no tomar demasiado distancia de la “seguridad
democrática” en su componente de seguridad. Antes de la primera vuelta las
huestes uribistas explicitaron contradicciones importantes que aunado a los
resultados de las encuestas que insinuaban la amenaza del Parido Verde, prendieron
las alarmas. La Casa
de Nariño se convirtió entonces en la sede de campaña de un candidato que no
inspiraba mucha confianza y que en los debates era arrinconado por sus
contradictores. El mensaje fue claro: no se puede perder el camino recorrido y
esto no lo garantizan los neodefensores de la seguridad democrática, lo cual al
final jugó un papel decisivo conocidos los resultados electorales: 6.802.000 de
Santos contra 3.134.000 de Mockus.
Una primera lección indica que los
Partidos continúan siendo los constructores de los proyectos de sociedad y que
éstos no nacen por generación espontánea. Hay que hacerlos y para ello se
necesita constancia y la convicción que se está frente a procesos largos no
sometidos a los altibajos de las coyunturas. El ejercicio de la política en
Colombia cada vez confirma el hecho de que la construcción y estructura de los
partidos políticos son expresión o consecuencia de una cultura política dominada aún por el caudillismo y donde el
acceso al poder sigue siendo un fin y no un medio para concretar un proyecto de
sociedad. Por eso, la adhesión ideopolítica de la militancia es laxa y es un
caldo de cultivo, entre otros, para la corruptela y el transfuguismo electoral.
De allí que los candidatos no tuvieran partidos en el sentido estricto de la
palabra y si algo lograron fue por ellos mismos y no por la acción de las
marcas políticas que representaban.
El proyecto Uribista se ha instalado
para largo y con corruptela y todo, quienes votaron en su mayoría lo hicieron a
conciencia y eso debe reconocerse. Si bien se tenía plena claridad de la
magnitud del contradictor político, esto es Álvaro Uribe Vélez, no se actuó en
consecuencia y esta es una segunda enseñanza. El llamado del PDA a una amplia
alianza sobre la base de un programa democrático para enfrentarla no fue acogida
ni por liberales ni verdes, ni aún por los del mismo PDA. Los verdes, hiperinflados
por el espumero de su ascenso vertiginoso, menospreciaron a sus potenciales
aliados y fueron victimas al final de una estrategia equivocada que pugnaba por
acercarse más Uribe que a sus críticos. No es descartable que en la segunda vuelta
no puedan sostener la votación de la primera. Lo curioso de ello, es que dicha
propuesta fuera la derecha quien la acogiera y la concretara en la “Unidad
Nacional” de Santos. Con ello el bloque hegemónico se revitaliza y asegura su
gobernabilidad al darle sentido a las migraciones que de hecho se habían dado
desde el Partido liberal y el Partido Conservador.
Una tercera lección permite señalar
que la derrota fue grande y que no es de esperarse que sucedan cambios
importantes en la segunda vuelta, que la suerte ya está echada. Pero que, no
obstante los logros del Uribismo, la expresión de inconformidad manifestada por
rojos, amarillos y verdes en las urnas no
es despreciable y que allí hay una fractura importante al esfuerzo unanimista
de Uribe. Por ello, una alianza de las fuerzas democráticas continuara siendo
vigente. Ningún partido alternativo logrará solo, en el futuro, acceder al
poder. Ojalá se haya aprendido la lección y se sea más estratégicos.
El escenario para hacer oposición y
constituirse en una verdadera opción de poder no es el mejor y todo parece indicar que el
PDA será su único exponente, pero primero, para hacerlo bien y no constituirse en
una izquierda vociferante reducida a su mínima expresión, tendrá que
reconstruirse y replantearse como partido.
Las
ideas aquí planteadas no comprometen la opinión del
Instituto Popular de Capacitación (IPC), que las difunde dentro de su
política
de pluralismo y libertad de expresión.